Caminé entre el pasto seco. A los lados del camino había grandes pilares de piedra. Me detuve y levanté la mirada para poder observarlos con un poco más de detalle. Descubrí que los pilares parecían no tener fin, se perdían en la inmensidad.
Seguí caminando entre los pilares y cada que me acercaba a alguno, cambiaban mis emociones, como si fueran un torrente violento de aguas turbias. Poco a poco fui controlándome y me di cuenta que al estar cerca de algunos me sentía alegre o casi alegre, cerca de otros me sentía triste o emocionado e incluso con sentimientos incomprensibles. Con la mirada volví a buscar la cima de los pilares y observé rostros en algunas partes, aunque de principio no les encontré parecido alguno. Continué caminando y descubrí que el lugar era un templo que por techo tenía el cielo. Me di cuenta de que los rostros, que se encontraban arriba en los pilares, eran mi propio rostro en diferentes expresiones, esto era la explicación de los diferentes estados de animo que percibía al estar cerca de ellos.
Escuché agua y seguí el sonido, descubrí que la fuente que lo producía, era un río que emanaba de unas rocas y se perdía, de igual manera, en otras. Sus aguas eran negras por completo y en su superficie flotaban partes de cuerpos mutilados que nadaban contra corriente con fuertes movimientos, esto me hizo comprender que tales partes mutiladas en realidad eran los peces que ahí habitaban.
Atravesé el río y seguí avanzando entre el pasto fuera del camino, luego llegué a un abismo y me encontré ante una resbaladilla de tierra que parecía perderse en las profundidades. Sin pensarlo me lance en ella y me deje ir. Al final había un mar de nubes, sentí que me hundiría en él, extendí los brazos por un impulso y se me convirtieron en alas, sentí que todo el cuerpo se me transmutaba en el de un ave. Era un cuervo, no estaba seguro pero así lo quise pensar sin dudarlo. Volé por el mar de nubes durante muchos días y regresé al templo exhausto.
Descubrí que sólo era una isla de infinitos pilares y en el centro, de todo aquello, había una multitud de personas hincadas en corro, orando y cantando cantos sagrados. Aterricé en el centro de aquella multitud y me convertí, despacio, en hombre otra vez.
Vi un trono de piedra e inmediatamente, con paso firme y autoritario, me senté en él. Entendí, al instante, que era el rey de aquellos hombres que no podían volar.
Edgar Sánchez Santos: The Joli Sanctus
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