Me hallaba sentado en la hierba, con las piernas cruzadas y la cabeza agachada, al levantar la mirada note a otros hombres sentados, estábamos en corro. En el centro, de nosotros, se encontraba la estatua de un Dios, era una estatua de piedra. Nos encontrábamos venerando a dicho Dios. Un sacerdote que estaba entre nosotros, parecía conocedor de las escrituras, de los orígenes del mundo. Se levantó y camino alrededor de la escultura. Hablaba de una manera tan concentrada, con tanta devoción, que no nos atrevimos a interrumpirlo. Levanté la mirada hacía él y pensé una pregunta, pero no se la dije, sólo la retuve en la cabeza. Él me miró y comprendí que no quería darme la respuesta. No dejé de observarlo, entonces recogió una piedra afilada, se remango y se hirió el antebrazo. Empezó a brotarle, por la herida, un hilo de sangre, tan roja que llegó a tener un aspecto negro. Se acercó a mí, me acercó su antebrazo y me hizo probar su sangre. Tenía un sabor terroso.
Se alejó de mí y me volvió a mirar. Surgió dentro de mi cabeza una voz que hizo eco en mis pensamientos, como si me encontrará al borde de un abismo y el viento fuera y viniera sin dirección fija. La voz dijo:
Si quieres descubrir el misterio del comportamiento del universo, de los planetas, del sol, de los dioses... No vayas más allá, observa la pequeña esfera que rodea tu ser, todo está ahí. Observa como cae una piedra, como un pequeño sol brilla, pero es finito. Luego que veas, sólo expande, expande lo que ahí comprendas, expande, expande al universo.
Cerré los ojos y después, de un momento oscuro, empecé a ver los planetas, sistemas solares y galaxias que se movían a una velocidad tremenda. Los veía pasar sin entender porqué estaba ocurriendo. Cuando sentí que ya no lo podía soportar, todo se detuvo, pero me encontraba mirando el universo, indescriptible, inentendible para mi.
Las voces de los hombres, que estaban junto a mi, se fueron convirtiendo en un silencio completo en el vacío del universo.
Abrí los ojos de manera repentina y los hombres me miraron con horror, se levantaron gritando y se alejaron, enloquecidos, en cualquier dirección.
Me levanté también y corrí tras ellos para preguntarles el porque de su desvarió inexplicable, pero desaparecieron en la penumbra.
Desistí de perseguirlos y me senté, en el pasto, cerca de la estatua. El sol de la tarde la iluminaba. Me paré frente a ella y miré su perfecto tallado, la piedra estaba pulida a la perfección, muy bien detallada. Miré sus ojos y noté que escurría una pequeña gota líquida que brillaba como la plata pura. Me acerqué más para verla a detalle y descubrí que salía de una delicada grieta que nacía en su ojo izquierdo, luego se extendía hasta la comisura de sus labios.
Escuché un crujido suave que provenía de la estatua, al principio pensé que me lo había imaginado, pero después me convencí que no.
La grieta, de la estatua, fue creciendo y el crujido también. La grieta se le extendió hasta llegarle a los pies. Desde su interior brotó un fuerte tronido y estalló en pedazos. Caí de espaldas apenas cubriéndome, el rostro, con los brazos.
En el lugar, donde había estado la estatua, quedo un estanque. Sin ponerme de pie me acerqué despacio gateando hasta el estanque, con la intención de poder mirarme en su superficie. Al conseguirlo no pude más que emitir un alarido, de terror, que atravesó los valles, pues donde debía estar mi rostro, tenía, en cambio, un profundo hueco en el que se veía el universo.
Edgar Sánchez Santos: The Joli Sanctus