Las realidades I
Entreabrí los ojos y me di cuenta que estaba acostado en una cama vieja, tapado sólo con unas cobijas sucias y raídas. El cuarto era circular, entonces la pared única, era blanca. Había arena en el suelo como si hubiera pasado mucho tiempo sin ser removida. Por el techo, que tenía agujeros en algunas partes, entraban los rayos del sol que se asemejaban a tubos de luz cubiertos con un cáscara tenue debido al polvo que flotaba en el cuarto. De un momento a otro sentí mucho calor, el sudor me escurrió con lentitud a lo largo del rostro, me levanté con mucha dificultad y me sentí sumergido en la miseria más negra abandonado en aquel lugar.
Caminé apoyándome en la pared hasta la entrada de la habitación en donde se encontraba una puerta de madera desvencijada: chirrió al abrirse. En cuanto la puerta se abrió una ráfaga de viento cálido, combinado con polvo, me golpeó. Di un paso fuera de la habitación agarrándome de la puerta. Me quedé sorprendido al ver que sólo un pequeño patio rodeaba el cuarto, luego me di cuenta que me hallaba en una torre de piedra que se elevaba en medio de un desierto deshabitado, cuya única vegetación eran algunos matorrales. No había manera de abandonar la torre. Comprendí que de quedarme ahí, me llegaría la muerte. Miré el sol que brillaba en medio del cielo, me volví a meter a la habitación, me recosté en la cama.
Debido al hambre, la sed, el cansancio y mi debilidad física, me fui quedando dormido. En medio de los sueños y delirios empecé a pensar en el suicidio, sentí que me ponía una soga en el cuello que iba apretándome hasta ahogarme, sentí la desesperación, quería respirar: ¡no podía! Sentí que se oscurecía todo y en el último momento desperté con un grito. Me calmé, abrí los ojos y vi que estaba en el cuarto pero había caído la noche. Intenté levantarme de la cama y me sorprendí: mis fuerzas se encontraban, por completo, reestablecidas. Apenas pude distinguir lo que había a mi alrededor debido a que no había ninguna fuente de luz. Di dos pasos y choque con un mueble de madera, lo palpé y descubrí que era un atril, lo seguí tocando y sentí que tenía un libro abierto. Dejé el mueble y seguí en mi camino hacía la puerta, estirando los brazos para guiarme en la penumbra. Abrí la puerta y esta vez un aire fresco entró. Cuando me encontré afuera levanté la mirada y vi el cielo cristalino lleno de estrellas. La luna llena resplandecía e iluminaba todo. Bajé la mirada y descubrí que aún estaba en la torre de piedra, aunque abajo, en la inmensidad, se podía ver un bosque frondoso y el sonido de agua corriente me hizo comprender que había ríos recorriendo lugares desconocidos del bosque. También había unas escaleras de madera por donde se podría bajar de la torre. No intenté bajar la torre en ese momento. Regresé dentro de la habitación y tomé el libro sobre el atril, me pareció buena idea sacarlo a leer a la luz de la luna.
Cuando lo abrí las letras brillaban debido a que estaban impregnadas con oro. El libro hablaba de un tesoro, de una antigua raza de sabios venerados, de la vida eterna. Lo hojeé y vi una frase: magia y vida. En un instante comprendí lo valioso del libro y de forma inconsciente pensé como en una imagen lejana: en la estepa seca, en el calor del sol golpeando mi piel, en la torre, en la habitación y como todo estaba en ruinas. Me dije: estoy soñando, pero también me dije: soy este sacerdote, estoy aquí, mi misión es hablar con nuestros dioses, allá abajo hay vida, bosques. Todo está bien, tengo el libro. Todo está bien mientras sueñe.
Pasé, como loco ,las hojas del libro, medio recordé que la fórmula del sueño infinito estaba en algún capítulo. También me vino la idea: mientras más sueñe, más poder tendré. Sueño infinito, poder infinito. De forma repentina se empezó a desvanecer mi entorno. Miré mis manos y se comenzaron a ver como a través de un cristal de hielo (distorsionadas). Corrí dentro de la habitación, como pude, escondí el libro bajo la cama, pues intuí que aquel lugar se quedaría desprotegido en mi ausencia (aunque era un lugar remoto). Apenas hube puesto el libro debajo de la cama y caí en ella. Apenas cerré los ojos y vi, de nuevo, oscuridad.
Sentí que dormí apenas unos cuantos segundos, abrí los ojos y desperté, otra vez, en la cama vieja con las cobijas sucias, todo seguía en ruinas, me hallaba viejo y cansado. Estaba recostado boca abajo. Metí la mano debajo de la cama, con dificultad, como por acto reflejo y no encontré el libro. Me sentí desilusionado. Supe que tenía que soñar de manera profunda si quería tener, de nuevo, el libro sagrado de la vida, del origen.
Las realidades II
Seguí acostado, boca abajo, un rato. La puerta del cuarto estaba abierta y entraba el calor y el viento polvoriento del desierto. La sed se me hizo más grave que el hambre. Quería dormir o morir y en mis delirios traté de recordar quien era.
Mi mente comenzó a divagar y en un momento me llegó una revelación como un chispazo que se extinguió casi al instante, pero fue suficiente para decirme que tal vez yo había sido o era un gran sacerdote que traicionó a su amo Khan Mash, de quien también sacrificaron a su familia en su imperio.
Me llego la idea de que tal vez había sido condenado a la torre de piedra en tiempos desconocidos. Pensé que tal vez había escapado y nada más.
Entre delirios y cansancio me quede dormido. Sentí la frescura de la noche, la cama cómoda y metí la mano debajo. Palpe, con gusto y emoción, el libro con sus pastas finas. Salí a prisa y la luna aún iluminaba el paisaje. Abrí el libro buscando la fórmula del elixir del sueño, no me entretuve en otros conjuros.
Los elementos necesarios para crearlo se debían buscar en el bosque que se extendía abajo. Entré en la habitación y busqué un bolso para llevar el libro, luego bajé de la torre y recorrí el bosque. El suelo estaba cubierto de pasto, algunos árboles tenían frutos, muchos arroyos atravesaban el lugar y la luz de la luna iluminaba tan bien que no hacía falta una antorcha u otro objeto para poder mirar. Caminé y me alejé cada vez más de la torre. No podía creer la belleza del paisaje, escuchaba el canto de algunas aves, encontré algunas flores que brillaban como plata, unos hongos suaves y coloridos, otras flores que parecían de cristal. De pronto comencé a ver que se desvanecía mi entorno, deje caer las cosas que había recolectado y saqué el libro, lo abracé con todas mis fuerzas, me quedé recostado en el pasto, me aferré a no despertar, pensé: ¿voy a despertar?, ¿voy a dormir?. Cerré los ojos y de nuevo sentí que apenas había dormido unos momentos. Desperté en la cama vieja, me sentía más débil, tenía mucha hambre y sed. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, con tristeza vi que no tenía el libro. Como pude me arrastré hacía afuera, una vez ahí me asomé por la orilla de la pequeña plataforma circular donde estaba la habitación, noté que era un pequeño templo. Miré hacía abajo y vi que era una altura considerable, sabía que la caída me destrozaría. Abajo, entre la arena del desierto, también vi varios esqueletos, pensé: tal vez murieron rindiéndome culto o esperando algún milagro que salvara el mundo.
Sentí una gran pesadumbre, en lo más profundo de mi alma, porque no podía con la sed y el hambre, con el cuerpo decrépito, sin la magia, con el fin del mundo.
Las fuerzas me alcanzaron para dejarme caer al vacío, cerré los ojos y sonreí, después de todo iba a dormir, no iba a despertar más, iba a regresar al bosque, a mi cuerpo de sacerdote, al libro, a todo. También medité, de manera tan intensa, durante un segundo que fue equivalente a un año solitario en las montañas. Llegué a la feliz conclusión de que había encontrado una fórmula para otro elixir de sueño eterno, de sueño infinito, era un único ingrediente y con una apacible calma alcance a pensar: muerte.
Edgar Sánchez Santos: the Joli Sanctus