jueves, 28 de agosto de 2025

Dentro de mi: universo

 Me hallaba sentado en la hierba, con las piernas cruzadas y la cabeza agachada, al levantar la mirada note a otros hombres sentados, estábamos en corro. En el centro, de nosotros, se encontraba la estatua de un Dios, era una estatua de piedra. Nos encontrábamos venerando a dicho Dios. Un sacerdote que estaba entre nosotros, parecía conocedor de las escrituras, de los orígenes del mundo. Se levantó y camino alrededor de la escultura. Hablaba de una manera tan concentrada, con tanta devoción, que no nos atrevimos a interrumpirlo. Levanté la mirada hacía él y pensé una pregunta, pero no se la dije, sólo la retuve en la cabeza. Él me miró y comprendí que no quería darme la respuesta. No dejé de observarlo, entonces recogió una piedra afilada, se remango y se hirió el antebrazo. Empezó a brotarle, por la herida, un hilo de sangre, tan roja que llegó a tener un aspecto negro. Se acercó a mí, me acercó su antebrazo y me hizo probar su sangre. Tenía un sabor terroso.

Se alejó de mí y me volvió a mirar. Surgió dentro de mi cabeza una voz que hizo eco en mis pensamientos, como si me encontrará al borde de un abismo y el viento fuera y viniera sin dirección fija. La voz dijo:

Si quieres descubrir el misterio del comportamiento del universo, de los planetas, del sol, de los dioses... No vayas más allá, observa la pequeña esfera que rodea tu ser, todo está ahí. Observa como cae una piedra, como un pequeño sol brilla, pero es finito. Luego que veas, sólo expande, expande lo que ahí comprendas, expande, expande al universo.

Cerré los ojos y después, de un momento oscuro, empecé a ver los planetas, sistemas solares y galaxias que se movían a una velocidad tremenda. Los veía pasar sin entender porqué estaba ocurriendo. Cuando sentí que ya no lo podía soportar, todo se detuvo, pero me encontraba mirando el universo, indescriptible, inentendible para mi.

Las voces de los hombres, que estaban junto a mi, se fueron convirtiendo en un silencio completo en el vacío del universo. 

Abrí los ojos de manera repentina y los hombres me miraron con horror, se levantaron gritando y se alejaron, enloquecidos, en cualquier dirección. 

Me levanté también y corrí tras ellos para preguntarles el porque de su desvarió inexplicable, pero desaparecieron en la penumbra.

Desistí de perseguirlos y me senté, en el pasto, cerca de la estatua. El sol de la tarde la iluminaba. Me paré frente a ella y miré su perfecto tallado, la piedra estaba pulida a la perfección, muy bien detallada. Miré sus ojos y noté que escurría una pequeña gota líquida que brillaba como la plata pura. Me acerqué más para verla a detalle y descubrí que salía de una delicada grieta que nacía en su ojo izquierdo, luego se extendía hasta la comisura de sus labios.

Escuché un crujido suave que provenía de la estatua, al principio pensé que me lo había imaginado, pero después me convencí que no.

La grieta, de la estatua, fue creciendo y el crujido también. La grieta se le extendió hasta llegarle a los pies. Desde su interior brotó un fuerte tronido y estalló en pedazos. Caí de espaldas apenas cubriéndome, el rostro, con los brazos. 

En el lugar, donde había estado la estatua, quedo un estanque. Sin ponerme de pie me acerqué despacio gateando hasta el estanque, con la intención de poder mirarme en su superficie. Al conseguirlo no pude más que emitir un alarido, de terror, que atravesó los valles, pues donde debía estar mi rostro, tenía, en cambio, un profundo hueco en el que se veía el universo.

Edgar Sánchez Santos: The Joli Sanctus


El templo

 Caminé entre el pasto seco. A los lados del camino había grandes pilares de piedra. Me detuve y levanté la mirada para poder observarlos con un poco más de detalle. Descubrí que los pilares parecían no tener fin, se perdían en la inmensidad.

Seguí caminando entre los pilares y cada que me acercaba a alguno, cambiaban mis emociones, como si fueran un torrente violento de aguas turbias. Poco a poco fui controlándome y me di cuenta que al estar cerca de algunos me sentía alegre o casi alegre, cerca de otros me sentía triste o emocionado e incluso con sentimientos incomprensibles. Con la mirada volví a buscar la cima de los pilares y observé rostros en algunas partes, aunque de principio no les encontré parecido alguno. Continué caminando y descubrí que el lugar era un templo que por techo tenía el cielo. Me di cuenta de que los rostros, que se encontraban arriba en los pilares, eran mi propio rostro en diferentes expresiones, esto era la explicación de los diferentes estados de animo que percibía al estar cerca de ellos.

Escuché agua y seguí el sonido, descubrí que la fuente que lo producía, era un río que emanaba de unas rocas y se perdía, de igual manera, en otras. Sus aguas eran negras por completo y en su superficie flotaban partes de cuerpos mutilados que nadaban contra corriente con fuertes movimientos, esto me hizo comprender que tales partes mutiladas en realidad eran los peces que ahí habitaban. 

Atravesé el río y seguí avanzando entre el pasto fuera del camino, luego llegué a un abismo y me encontré ante una resbaladilla de tierra que parecía perderse en las profundidades. Sin pensarlo me lance en ella y me deje ir. Al final había un  mar de nubes, sentí que me hundiría en él, extendí los brazos por un impulso y se me convirtieron en alas, sentí que todo el cuerpo se me transmutaba en el de un ave. Era un cuervo, no estaba seguro pero así lo quise pensar sin dudarlo. Volé por el mar de nubes durante muchos días y regresé al templo exhausto. 

Descubrí que sólo era una isla de infinitos pilares y en el centro, de todo aquello, había una multitud de personas hincadas en corro, orando y cantando cantos sagrados. Aterricé en el centro de aquella multitud y me convertí, despacio, en hombre otra vez. 

Vi un trono de piedra e inmediatamente, con paso firme y autoritario, me senté en él. Entendí, al instante, que era el rey de aquellos hombres que no podían volar.

Edgar Sánchez Santos: The Joli Sanctus


miércoles, 27 de agosto de 2025

Sueño: pasado, presente

 Las realidades I

Entreabrí los ojos y me di cuenta que estaba acostado en una cama vieja, tapado sólo con unas cobijas sucias y raídas. El cuarto era circular, entonces la pared única, era blanca. Había arena en el suelo como si hubiera pasado mucho tiempo sin ser removida. Por el techo, que tenía agujeros en algunas partes, entraban los rayos del sol que se asemejaban a tubos de luz cubiertos con un cáscara tenue debido al polvo que flotaba en el cuarto. De un momento a otro sentí mucho calor, el sudor me escurrió con lentitud a lo largo del rostro, me levanté con mucha dificultad y me sentí sumergido en la miseria más negra abandonado en aquel lugar.

Caminé apoyándome en la pared hasta la entrada de la habitación en donde se encontraba una puerta de madera desvencijada: chirrió al abrirse. En cuanto la puerta se abrió una ráfaga de viento cálido, combinado con polvo, me golpeó. Di un paso fuera de la habitación agarrándome de la puerta. Me quedé sorprendido al ver que sólo un pequeño patio rodeaba el cuarto, luego me di cuenta que me hallaba en una torre de piedra que se elevaba en medio de un desierto deshabitado, cuya única vegetación eran algunos matorrales. No había manera de abandonar la torre. Comprendí que de quedarme ahí, me llegaría la muerte. Miré el sol que brillaba en medio del cielo, me volví a meter a la habitación, me recosté en la cama.

Debido al hambre, la sed, el cansancio y mi debilidad física, me fui quedando dormido. En medio de los sueños y delirios empecé a pensar en el suicidio, sentí que me ponía una soga en el cuello que iba apretándome hasta ahogarme, sentí la desesperación, quería respirar: ¡no podía! Sentí que se oscurecía todo y en el último momento desperté con un grito. Me calmé, abrí los ojos y vi que estaba en el cuarto pero había caído la noche. Intenté levantarme de la cama y me sorprendí: mis fuerzas se encontraban, por completo, reestablecidas. Apenas pude distinguir lo que había a mi alrededor debido a que no había ninguna fuente de luz. Di dos pasos y choque con un mueble de madera, lo palpé y descubrí que era un atril, lo seguí tocando y sentí que tenía un libro abierto. Dejé el mueble y seguí en mi camino hacía la puerta, estirando los brazos para guiarme en la penumbra. Abrí la puerta y esta vez un aire fresco entró. Cuando me encontré afuera levanté la mirada y vi el cielo cristalino lleno de estrellas. La luna llena resplandecía e iluminaba todo. Bajé la mirada y descubrí que aún estaba en la torre de piedra, aunque abajo, en la inmensidad, se podía ver un bosque frondoso y el sonido de agua corriente me hizo comprender que había ríos recorriendo lugares desconocidos del bosque. También había unas escaleras de madera por donde se podría bajar de la torre. No intenté bajar la torre en ese momento. Regresé dentro de la habitación y tomé el libro sobre el atril, me pareció buena idea sacarlo a leer a la luz de la luna.

Cuando lo abrí las letras brillaban debido a que estaban impregnadas con oro. El libro hablaba de un tesoro, de una antigua raza de sabios venerados, de la vida eterna. Lo hojeé y vi una frase: magia y vida. En un instante comprendí lo valioso del libro y de forma inconsciente pensé como en una imagen lejana: en la estepa seca, en el calor del sol golpeando mi piel, en la torre, en la habitación y como todo estaba en ruinas. Me dije: estoy soñando, pero también me dije: soy este sacerdote, estoy aquí, mi misión es hablar con nuestros dioses, allá abajo hay vida, bosques. Todo está bien, tengo el libro. Todo está bien mientras sueñe.

Pasé, como loco ,las hojas del libro, medio recordé que la fórmula del sueño infinito estaba en algún capítulo. También me vino la idea: mientras más sueñe, más poder tendré. Sueño infinito, poder infinito. De forma repentina se empezó a desvanecer mi entorno. Miré mis manos y se comenzaron a ver como a través de un cristal de hielo (distorsionadas). Corrí dentro de la habitación, como pude, escondí el libro bajo la cama, pues intuí que aquel lugar se quedaría desprotegido en mi ausencia (aunque era un lugar remoto). Apenas hube puesto el libro debajo de la cama y caí en ella. Apenas cerré los ojos y vi, de nuevo, oscuridad. 

Sentí que dormí apenas unos cuantos segundos, abrí los ojos y desperté, otra vez, en la cama vieja con las cobijas sucias, todo seguía en ruinas, me hallaba viejo y cansado. Estaba recostado boca abajo. Metí la mano debajo de la cama, con dificultad, como por acto reflejo y no encontré el libro. Me sentí desilusionado. Supe que tenía que soñar de manera profunda si quería tener, de nuevo, el libro sagrado de la vida, del origen.

Las realidades II

Seguí acostado, boca abajo, un rato. La puerta del cuarto estaba abierta y entraba el calor y el viento polvoriento del desierto. La sed se me hizo más grave que el hambre. Quería dormir o morir y en mis delirios traté de recordar quien era. 

Mi mente comenzó a divagar y en un momento me llegó una revelación como un chispazo que se extinguió casi al instante, pero fue suficiente para decirme que tal vez yo había sido o era un gran sacerdote que traicionó a su amo Khan Mash, de quien también sacrificaron a su familia en su imperio. 

Me llego la idea de que tal vez había sido condenado a la torre de piedra en tiempos desconocidos. Pensé que tal vez había escapado y nada más. 

Entre delirios y cansancio me quede dormido. Sentí la frescura de la noche, la cama cómoda y metí la mano debajo. Palpe, con gusto y emoción, el libro con sus pastas finas. Salí a prisa y la luna aún iluminaba el paisaje. Abrí el libro buscando la fórmula del elixir del sueño, no me entretuve en otros conjuros.

Los elementos necesarios para crearlo se debían buscar en el bosque que se extendía abajo. Entré en la habitación y busqué un bolso para llevar el libro, luego bajé de la torre y recorrí el bosque. El suelo estaba cubierto de pasto, algunos árboles tenían frutos, muchos arroyos atravesaban el lugar y la luz de la luna iluminaba tan bien que no hacía falta una antorcha u otro objeto para poder mirar. Caminé y me alejé cada vez más de la torre. No podía creer la belleza del paisaje, escuchaba el canto de algunas aves, encontré algunas flores que brillaban como plata, unos hongos suaves y coloridos, otras flores que parecían de cristal. De pronto comencé a ver que se desvanecía mi entorno, deje caer las cosas que había recolectado y saqué el libro, lo abracé con todas mis fuerzas, me quedé recostado en el pasto, me aferré a no despertar, pensé: ¿voy a despertar?, ¿voy a dormir?. Cerré los ojos y de nuevo sentí que apenas había dormido unos momentos. Desperté en la cama vieja, me sentía más débil, tenía mucha hambre y sed. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho, con tristeza vi que no tenía el libro. Como pude me arrastré hacía afuera, una vez ahí me asomé por la orilla de la pequeña plataforma circular donde estaba la habitación, noté que era un pequeño templo. Miré hacía abajo y vi que era una altura considerable, sabía que la caída me destrozaría. Abajo, entre la arena del desierto, también vi varios esqueletos, pensé: tal vez murieron rindiéndome culto o esperando algún milagro que salvara el mundo.

Sentí una gran pesadumbre, en lo más profundo de mi alma, porque no podía con la sed y el hambre, con el cuerpo decrépito, sin la magia, con el fin del mundo.

Las fuerzas me alcanzaron para dejarme caer al vacío, cerré los ojos y sonreí, después de todo iba a dormir, no iba a despertar más, iba a regresar al bosque, a mi cuerpo de sacerdote, al libro, a todo. También medité, de manera tan intensa, durante un segundo que fue equivalente a un año solitario en las montañas. Llegué a la feliz conclusión de que había encontrado una fórmula para otro elixir de sueño eterno, de sueño infinito, era un único ingrediente y con una apacible calma alcance a pensar: muerte.

Edgar Sánchez Santos: the Joli Sanctus